Atreverse a ver

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La coyuntura mundial es difícil para todas las personas, pero es aún más difícil para los que viven en pobreza y ahora se ven obligados a depender de las ayudas.

En nombre de la salud pública, en América Latina, como en el resto del mundo, algunos gobiernos han obligado a la población a quedarse en sus casas y a los trabajadores informales, que a menudo viven ya situaciones de gran precariedad, a abandonar sus lugares de trabajo y toda posibilidad de obtener el sustento diario.

En el mejor de los casos, se han puesto en marcha algunos programas de apoyo para las personas y familias vulnerables, pero las ayudas no llegan a todos y suelen ser los más pobres los que se quedan fuera: las personas sin identificaciones oficiales, quienes viven en barrios no reconocidos por las autoridades, los desplazados, los que no saben leer o cómo rellenar los formularios, los que no tienen acceso a internet, los que hablan lenguas indígenas… «Todas estas personas —en palabras de Victoria Huallpa, miembro de ATD Cuarto Mundo Bolivia— son invisibles para el Estado».

Victoria Huallpa, 2020

En este contexto de emergencia, para recibir las ayudas que algunos gobiernos han previsto, las personas en situación de pobreza se ven obligadas a soportar las humillaciones y deficiencias administrativas y a exponer su salud. A menudo, son los vecinos los que tratan de asegurar que las ayudas lleguen a quienes más lo necesitan: lo hacen colaborando para superar los obstáculos burocráticos y compartiendo lo que tienen entre las manos. Lo hacen, sobre todo, a base de valentía y generosidad.

En esta narración, Victoria cuenta cómo se compromete durante la pandemia en favor de las personas más desfavorecidas de su comunidad en la ciudad de El Alto: atreviéndose a salir a las calles a ver la realidad, a escuchar y a buscar maneras de poder actuar junto a otros.

Ver

«En el Cruce Ventilla hay tres entidades bancarias. Una mañana vi una fila tremenda en una de ellas, pues solo una estaba atendiendo. La mayoría eran ancianitos, pero ¡cómo van a estar aquí los ancianitos si son los más vulnerables!

Escuchar

»Me acerqué al banco y pregunté por qué les estaban haciendo esperar tanto. Preocupada, fui a dar una vuelta y me puse a llamar a los números que encontré en algunos letreros para preguntar si en otros bancos iban a atender. “No —dijeron— solo atenderemos en Senkata, bajen hasta ahí”. Pensé: ¡Cómo vamos a bajar, una hora de caminata, si hay abuelitos aquí!

—¿Por qué has venido?, ¿no tienes a tu hijo?, ¿no tienes a alguien?— pregunté a los ancianitos.

—No, no tengo nadie —respondieron.

»Me asomé y encontré a un abuelito, mi vecino, que estaba haciendo fila desde las 5 de la mañana. “Tengo que cobrar mi Bono Dignidad —me dijo— y luego nos vamos a ir”. Eran ya las 11 de la mañana y solo atienden hasta las 12, así que no iban a alcanzar, había mucha gente… Esa semana eran los cobros de todos los bonos: el Bono Dignidad, del magisterio y de los jubilados.

Actuar

»¿Ahora qué se puede hacer con ellos? Ahí estaba parada con esa pregunta cuando vi a la hermana Rosa que conozco de la Iglesia. “¿Qué hacemos?” —me dice—. Nos pusimos a hablar de la situación: que hay mucha gente joven que no tiene nada e ignora los bonos, ancianitos que no saben que el Estado les da algo, gente que no tiene documentación, que viven solos en estos lugares o son del campo…

»“Nos tenemos que movilizar —dijimos—” ¡Y eso hicimos! Por lo menos para que estos ancianitos cobren su renta y no estén esperando largo tiempo y desde muy temprano. Al día siguiente, volvimos, hicimos la fila e hicimos que recojan su bono. Durante cuatro días, nos hemos movilizado para poder ayudar especialmente a los ancianitos, para que se les atienda rápido y por lo menos ellos estén tranquilos.

»Después, yo me preguntaba cuánta gente necesitará ahorita que nosotros podamos ayudarles de alguna manera: haciendo fila o llevándoles algo o comunicándoles lo que el gobierno les va a dar.

»Cerca de mi casa hay un Centro de Desarrollo Integral. Allá atienden como a 350 familias con 700 niños, y unas 200 familias son de escasos recursos. “¿Qué estará dando el centro ahorita? —nos preguntamos— Si las personas necesitan, hablaremos con el Pastor de la Iglesia y nos movilizaremos para entregar canastas”.

Atreverse

»Hasta el momento que salí al cruce de Ventilla, después de dos semanas de estar encerrada en mi casa, no había pensado mucho en las demás personas, solamente en que yo esté bien y que mi hija esté bien. Pero en el momento en que salí, vi mucha gente que realmente necesita. Entonces, he tratado de ayudar de la mejor forma posible.

»En estos momentos, es muy triste cuando sales a las calles porque siempre vas a encontrar a una persona que necesita algo, no solamente que tú le hables, sino algo que comer… ¡Ahora se nota que es el estómago! Podemos orar, pero también podemos actuar con algo. Si estás encerrada en tu casa, no ves esas cosas, pero si sales, te enfrentas con una realidad que es dura, muy dura.

»A veces pienso que si salgo todos los días voy a querer ayudar a cada una de las personas que veo y tal vez me puedo meter en algunos problemas: tal vez me puedo contagiar; tal vez les puede parecer extraño que estoy ayudando con la documentación; tal vez, si estoy ayudando a un ancianito con el certificado, me van a pedir que baje a La Paz para terminar el trámite y en ese momento no voy a poder decir que no; tal vez un policía me va a agarrar porque estoy ayudando cuando no es mi día de salida y voy a tener que ir 8 horas a tal lugar y tener una multa…

Pero voy a continuar saliendo: nos ayudaremos, mutuamente nos ayudaremos».

Estos textos son extractos de una entrevista a Victoria Huallpa realizada por medio de videoconferencia en mayo 2020. El artículo forma parte de una serie sobre la solidaridad y el cuidado mutuo que se vive en las comunidades más pobres de América Latina durante la pandemia del covid-19.

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Fotografía de portada © Rémi Blasquez