Biblioteca Comunitaria: la mediación lectora como herramienta de transformación social

Tiempo de lectura: 10 minutos

Hace ya más de un año que la biblioteca comunitaria de ATD Cuarto abre sus puertas cada semana en Mesa de Los Hornos (CDMX). Una biblioteca en la que no hace falta saber leer bien ni tener hábito de lectura, ni traer credenciales ni cumplir ningún requisito. Basta con entrar y quedarse un rato: a veces leyendo en silencio, a veces conversando o compartiendo una historia en voz alta, a veces disfrutando de un juego de mesa. Lo importante es que, al cruzar la puerta, algo cambia: el tiempo empieza a ir más despacio, nadie es juzgado y cada persona puede empezar desde donde está.

En una colonia donde la vida cotidiana exige estar siempre alerta, la biblioteca se ha convertido en un lugar tranquilo donde es posible concentrarse, descansar la mente, dejar volar la imaginación y cultivar la vida comunitaria. “Cuando estoy leyendo siento calma”, explica Paty, una lectora de 11 años. “Este es un lugar de sana convivencia, un lugar de paz y tranquilidad —continúa—. Los libros son… ¿cómo explicarlo? Como si fueran un juguete, pero sano.”

Para muchas personas, leer —o simplemente estar entre libros— es una forma de salir por un momento del modo supervivencia al que empuja la pobreza. “Estar metida en los libros es muy bonito; sirve para no pensar constantemente en las cosas difíciles que vivimos”, dice Ernestina, una mujer de la colonia para quien la lectura llegó tarde, pero con fuerza.

Cada vez más lectores

Desde su apertura, Ernestina visita la biblioteca cada semana junto a sus nietos de 15 y 11 años. Entre los tres, ya se han llevado a casa casi 80 libros prestados y han leído muchos otros durante las largas tardes en la biblioteca. Como ellos, otros muchos descubren el placer de la lectura de forma libre, pero acompañada.

El boca a boca, la biblioteca de calle quincenal que continúa celebrándose en la colonia y el trabajo constante de mediación lectora que realiza el equipo —que incluye estar en la calle al encuentro de nuevas personas, recorrer la colonia, tocar puertas y participar en eventos comunitarios para darse a conocer— han hecho posible que, a día de hoy, casi 300 personas de todas las edades tengan ficha de préstamo y se hayan llevado libros a casa. Cada miércoles, la biblioteca recibe entre 15 y 30 lectoras y lectores, a los que se suman muchos más los sábados o domingos en los que se organizan actividades especiales.

El espacio es pequeño — un cubículo remodelado por un grupo de jóvenes de la colonia, al interior de un módulo deportivo—, pero en la biblioteca coinciden personas de todas las edades: niñas y niños, jóvenes, madres y padres, personas mayores. Algunas leen, otras juegan. En una mesa se arma un rompecabezas; en otra, un grupo de jóvenes pasa páginas en silencio; más allá, una madre lee sus primeros libros a un bebé.

Acervo y mediación lectora

“Aunque traen consigo historias, recuerdos y maneras propias de relacionarse con la palabra, a menudo —explica Beatriz, una de las responsables de la biblioteca—, las personas que llegan no se reconocen como lectoras. Algunas nunca tuvieron libros en casa o sienten que leer es una obligación escolar, poco placentera; otras aprendieron a leer ya de adultas; otras dejaron de hacerlo hace años porque el trabajo, las preocupaciones o la falta de tiempo fueron ocupándolo todo. En la biblioteca, eso no importa. Aquí la lectura no se exige: se acompaña”.

”Hacer lectores —continúa— empieza, a menudo, por leer juntos. Al principio, para un niño, el acceso a la historia es tan importante como el vínculo que se crea alrededor de ella, porque crecer bien y con seguridad tiene mucho que ver con sentirse acompañado. Esto lo vivo cada semana en la biblioteca, como también lo viví como madre. Pienso, por ejemplo, en Carlos, un adolescente de 14 años, y en su lectura de El mago de Oz. Durante semanas, fue leyendo el libro en casa y trayéndolo a la biblioteca para compartirlo conmigo: me contaba lo que había pasado, leíamos algunas páginas en voz alta, nos emocionábamos juntos y luego el libro volvía a casa hasta el siguiente encuentro. Un día me escribió para decirme que iría a la biblioteca a leer juntos. Le expliqué que esa semana yo no podría ir, pero que podría continuar la lectura con otra persona del equipo. Su respuesta me sorprendió mucho: “Sí, está bien… pero yo quisiera acabar el libro contigo. Hace unos meses estaba leyendo El fantasma de Canterville con Jimena, pero un día no pudo venir y leí con otra persona. Lo terminé, pero no fue lo mismo.” Esta anécdota nos muestra que, más allá de los métodos —que son importantes—, la clave está ahí: leer juntos, elegir bien los libros y crear un espacio donde la lectura nos permita experimentar el vínculo, la emoción compartida y el valor de sentirnos escuchados y reconocidos.

La biblioteca cuenta con un acervo pensado para acompañar a lectores incipientes de todas las edades. Hay libros ilustrados infantiles y para adultos, historias cortas que permiten terminar un libro por primera vez, novelas breves y cómics que abren el gusto por la ficción, pequeños ensayos sobre temas de interés para la comunidad y algunos clásicos que siguen dialogando con lectoras y lectores de hoy. La selección responde al deseo de que cada persona pueda encontrar un libro a su medida, uno que no intimide, despierte curiosidad y haga posible el encuentro con la lectura desde el placer y la confianza. No se trata de leer más o mejor por sí solo, sino de encontrar lecturas que dialoguen con las experiencias, preguntas y lenguajes de cada persona y de la comunidad.

Los libros están en el centro de todo, pero la biblioteca funciona porque hay acompañamiento: alguien que ayuda a elegir un libro, que escribe o se acerca si hace tiempo que no vienes, que pregunta qué te gustó, recuerda qué estabas leyendo y propone otra historia que quizá encaje contigo. A veces lee para ti; otras, lee contigo. Otras, sencillamente te escucha. Ese gesto —pequeño y constante— hace de puente. La lectura deja de ser algo solitario o intimidante y se convierte en una experiencia compartida. Un acompañamiento que no llega solo desde el equipo, sino que circula también entre madres, padres, niñas, niños y jóvenes que se leen, se escuchan y se sostienen mutuamente.

Sostener una biblioteca comunitaria también implica atravesar momentos de incertidumbre. Hay semanas en las que, sin saber por qué, no llega nadie, pero la biblioteca se mantiene abierta: alguien se queda, ordena los libros, manda pequeños mensajes a algunos lectores, y espera. La semana siguiente se vuelve a intentar. Para cuidar el vínculo, existe un grupo de WhatsApp donde se comparten recomendaciones, novedades editoriales y, a veces, audiolibros. Perseverar es el trabajo: estar, ofrecer la oportunidad sin juzgar a nadie y confiar en que el encuentro llegará.

Impacto

“¡Claro que sí, un libro puede cambiar la vida de una persona!”, responde Pascuala a la pregunta de Natalia y Emilio, jóvenes aliados animadores de la biblioteca de calle que realizaron las entrevistas para este artículo.

“Yo —continúa Pascuala— me crié en la pobreza y no fui a la escuela. Aprendí un poquito porque otras personas me fueron enseñando, no un maestro, sino gente que me ayudó a poner mi nombre y lo básico. Desde muy chica empecé a trabajar y nunca tuve libros, ni siquiera los de la primaria. Tengo 51 años y aprendí a leer hace poco en el instituto de educación de adultos. Ahora me llevo libros de la biblioteca y, a base de leer, voy aprendiendo cómo se escriben las palabras, cómo dejar los espacios. Leo por las noches, cuando ya terminé todas las tareas y la casa está en silencio. Ahí es cuando más disfruto leer, porque estoy tranquila y puedo concentrarme bien en lo que voy leyendo.”

Para muchas personas adultas, ese proceso tiene efectos profundos. Leer no solo amplía el vocabulario o mejora la escritura: devuelve seguridad y amplía los horizontes. Poder leer un documento, firmar con tranquilidad o moverse en transporte público sin miedo a perderse cambia la relación con uno mismo. La biblioteca se vuelve entonces un espacio de dignidad y autonomía. Estos cambios personales no eliminan las barreras estructurales, pero sí refuerzan la capacidad de las personas para reclamar derechos, habitar el espacio público y participar con mayor seguridad en la vida social.

Para los niños, el impacto se manifiesta de otra manera, pero no es menor. Tener un espacio donde los libros están al alcance, donde leer no es una obligación sino un placer, les permite crecer reconociéndose como lectores desde muy temprano. En la biblioteca tienen la experiencia de concentrarse, escuchar, elegir, terminar una historia y a empezar otra. Van ganando confianza, mejoran su lectura poco a poco y, sobre todo, descubren que los libros también pueden ser un lugar de refugio, de imaginación y de encuentro. Esa experiencia temprana deja huella: la lectura ya no es algo ajeno sino una posibilidad propia, algo a lo que siempre podrán volver.

El impacto de la biblioteca no puede entenderse como una solución aislada frente a la pobreza, sino como parte de un entramado más amplio de procesos educativos y comunitarios necesarios. Además, una biblioteca es un proyecto a largo plazo cuyo impacto se irá viendo con los años. Sin embargo, hay escenas que ya nos permiten comprender la acogida del proyecto e intuir los cambios que provoca: niñas y niños que vuelven cada semana, jóvenes que traen a sus amigos, lectoras y lectores que nos llaman para pedir libros concretos o dejan recomendaciones para otros, adultos que retoman la lectura, madres que traen a sus hijos, ¡incluso bebés!, con la esperanza de que les guste leer desde pequeños.

Pensar la biblioteca como un espacio comunitario implica también preguntarse por quienes no entran, no se quedan o no regresan, y por las barreras —visibles o invisibles— que siguen estando ahí. Desde ahí, el trabajo implica revisar prácticas y seguir buscando cómo llegar a quienes aún no están.

Un futuro mejor

La biblioteca comunitaria nace como continuidad de más de trece años de biblioteca de calle en Mesa de los Hornos. De ese encuentro semanal en torno a los libros surge hoy un lugar fijo, cuidado y abierto, donde conviven lectura, juego, reflexión y calma. En un barrio marcado por la pobreza, una biblioteca sostenida por lectoras, lectores, mediadores y familias es mucho más que un espacio con libros: es un lugar donde se reconstruyen derechos, se fortalece la vida comunitaria y se abren horizontes educativos. Libro a libro y encuentro a encuentro, la biblioteca se vuelve una herramienta concreta —limitada pero necesaria— en una lucha más amplia contra la pobreza y la exclusión, una herramienta hace posible que cada persona se reconozca como sujeto de palabra y pensamiento, parte activa de la sociedad, con derecho a dar y recibir y a construir un futuro mejor para sí, para su comunidad y para el mundo.