Homenaje a Gabrielle Erpicum
Gabrielle Erpicum nos dejó durante la noche del jueves al viernes 27 de marzo de 2026. Su pérdida nos ha causado gran dolor. A través de los numerosos mensajes que hemos recibido de todo el mundo, hemos podido constatar la intensidad de los vínculos que Gabrielle creó a lo largo de todo su compromiso.
Gabrielle nació en Uccle, en Bélgica, en 1938.
Fue una de las primeras personas que se unieron al padre Joseph Wresinski en 1962 en el asentamiento de las personas sin techo de Noisy-le-Grand en la región de París. Un lugar en medio de ninguna parte donde se refugiaban familias desprovistas de todo. Tenía entonces 25 años, una fe cristiana profunda inculcada por su familia, una experiencia en el movimiento scout y una gran sensibilidad hacia los demás, especialmente hacia los más humildes.

Llegaron muchos, se quedaron pocos. Hacía falta fortaleza interior y coraje para vivir en aquel asentamiento. Gabrielle dejó una familia, un ambiente que le ofrecía una gran seguridad, con un hermoso futuro asegurado. Nadie entendió realmente su elección, ni su familia, ni sus amigos.
Regresó por unos meses a Bélgica, donde movilizó a su parroquia y creó lo que sería el primer archivo del Movimiento en Bélgica.
Pero la sonrisa y la energía de los niños habían avivado en ella el deseo de no abandonarles y de ofrecerles lo mejor. Volvió a Noisy. Se involucró entonces con los jóvenes y, en particular, con los adolescentes, tan frágiles y tan fuertes a la vez, con los que creó lazos que durarían toda su vida.
Hacía falta valor para creer en la perspectiva del padre Joseph cuando todavía no existía nada, sólo lo que se traslucía en su confianza en que hombres y mujeres podían unirse a la esperanza de estas familias y a sus luchas. Gabrielle era una de esas personas que sentían una especie de intuición, que se arriesgó con el padre Joseph en un momento histórico que trastocó el mundo. Allí aprendió Gabrielle ese gesto cotidiano de escribir para comunicar lo que viven las familias, para comprenderlas en su humanidad y amarlas.
Estos primeros voluntarios con los que el padre Joseph ideó y construyó su visión de liberación se reunían con él cada mañana. Este pequeño equipo se reunió por primera vez en 1966 en Houlgate para escribir un texto fundacional del Movimiento, «las opciones de base». Más tarde, el equipo se reunió en la región de la Selva Negra en Alemania. Nos acostumbramos a llamarlos «la Selva Negra».
Tres años después de su llegada al asentamiento, el padre Joseph le pidió a Gabrielle que le ayudara a administrar la primera secretaría del Movimiento. Ella comprendió la urgencia de dar a conocer la realidad y las esperanzas de las familias del asentamiento utilizando una correspondencia que movilizó a cada persona y la conmovió en lo más profundo de su ser. A lo largo de toda su vida, Gabrielle, conservó esta pasión y este arte de la correspondencia. Muchos de los mensajes que hemos recibido mencionan una carta, unas líneas o una tarjeta escritas por Gabrielle y que cada uno guarda celosamente.
Gabrielle se convirtió en la colaboradora en el día a día del padre Joseph, la que recibía con una gran sonrisa y una mirada luminosa a las personas que venían a su encuentro, la que hacía que se sintieran a gusto, en confianza, que les hacía sentir que eran un regalo.
La que improvisaba una comida cuando se prolongaba la conversación.
La que reescribía una vez, dos veces, tres veces… con su bonita letra, las conferencias que el padre Joseph modificaba hasta el último minuto.
La que hacía de conductora para llevar a todos a sus encuentros.
La que preparaba y le acompañaba en muchos de sus viajes y de sus hallazgos del abandono en una situación de miseria de determinados hombres, mujeres y niños por todo el mundo.
La que recogía las notas del padre Joseph, escritas en pequeños trozos de papel o quien sacaba de su bolso una grabadora para no perderse nada de sus sorprendentes reflexiones que se revelaban y se desarrollaban a diario. Le debemos a Gabrielle el haber conservado así cantidad de reuniones, conferencias, homilías, haber sabido que las generaciones futuras las necesitarían.
Era la que sostenía a los voluntarios que se desanimaban. ¿Cuántos le deben el haberse quedado o haber vuelto después de haber pasado por momentos de duda?
La que estaba atenta a la vida de cada persona con sus dificultades, sus duelos y también sus alegrías, los nacimientos, los niños… Ofreciendo generosamente detalles de cortesía y delicadeza.
De manera infatigable, Gabrielle hizo posible el día a día del padre Joseph. Admiramos su paciencia y su confianza hacia aquel que nos abrió los ojos para siempre sobre lo que da sentido a una vida en común, justa y fraterna. Nos cuesta desvincular a Gabrielle del padre Joseph y, sin embargo, ella no era su sombra, su influencia fue mutua. Siguió siendo ella misma aportando su creatividad, su sensibilidad, su gusto por lo bello y su excepcional capacidad de relación.
Gabrielle fue testigo y protagonista de grandes momentos del Movimiento. Repleta de ideas y emprendedora, contribuyó a menudo a ellos. Recordamos que viajando al lado de un diseñador renombrado, Gabrielle le habló del Movimiento, y le puso en contacto con el padre Joseph y con él se diseñó la placa del rechazo de la miseria inaugurada el 17 de octubre de 1987, en la plaza de los Derechos Humanos y las Libertades, en el Trocadéro, en París. Esta placa que afirmaba, por primera vez en la historia, que «la miseria es una violación de los derechos humanos y que unirse es un deber sagrado». Gabrielle no dejó que se perdiera ninguna ocasión, ninguna oportunidad para el Movimiento.
En 1989, para hacer realidad la promesa que el padre Joseph había hecho en Noisy: «os haré subir los escalones del Elíseo, de la ONU y del Vaticano», Gabrielle hizo todo lo posible para que una delegación de 350 miembros del Movimiento, llegados de todo el mundo, se reuniera con el papa Juan Pablo II en Castel Gandolfo. Cada delegación llevó entonces un poco de tierra de los lugares de miseria. Todas estas tierras se conservan hoy mezcladas en Méry-sur-Oise ante la tumba del padre Joseph.
Desde el principio el padre Joseph le confió a Gabrielle la acogida de las nuevas personas, a menudo jóvenes con motivaciones diversas, que llegaban al asentamiento. Muy a menudo reflexionaba con ella sobre el sentido de lo que llegaría a ser el voluntariado y las formas que podría adoptar. Gabrielle cuidó de manera especial y ayudó a construir este voluntariado. A lo largo de todo su compromiso, deseó firmemente que hoy, mañana y aún pasado mañana hombres y mujeres se atrevieran a llegar hasta las personas y las familias más olvidadas para construir con ellas un mundo en el que ya no exista la miseria. Entre todos los demás compromisos ella sabía que para lograr esta liberación era indispensable un voluntariado que estuviera disponible y a largo plazo. Este voluntariado internacional, que en los años 60 parecía una utopía se convirtió en realidad y Gabrielle lo ideó, lo soñó y lo apoyó en gran medida. Sabía que cada voluntario debía encontrar su camino personal. Sabía lo que era encontrarse lejos de la propia familia, dejar su trabajo y la seguridad que proporciona, vivir sin ser comprendida plenamente. Deseaba ardientemente que cada voluntario pudiera crear y estar en pequeños equipos que alimentaran el sentido del compromiso que le sostiene y donde él o ella puede apoyar al otro. Cuántas veces preguntaba: « ¿fulano es feliz?»
Después de tantos años compartidos con el padre Joseph, Gabrielle estaba habitada por el camino marcado por él y por su visión de otro mundo posible.
Fue a Gabrielle, Claude Ferrand y Eugen Brand a quienes el padre Joseph confió «La Casa» como él la llamaba, antes de dejarnos. A pesar de su inmensa tristeza y del reto sin precedentes los tres asumieron esta primera dirección colegial del Movimiento, continuaron haciendo nacer proyectos, siguieron acogiendo y formando a nuevas generaciones de personas comprometidas, continuaron construyendo la unidad del Movimiento respetando a la vez su diversidad.
Luego, al cabo de 5 años, dejaron su mandato para lograr que poco a poco el Movimiento encontrara el camino de una nueva gobernanza posterior a su fundador.
Gabrielle, sensible a las vidas desquiciadas por el genocidio en Ruanda, se fue entonces a Kenia. Se unió a una asociación que acogía y acompañaba a las personas refugiadas. Confiaba en que la causa de los más pobres que la motivaba pudiera abrirles un camino de esperanza.
De vuelta en Francia, Gabrielle inspiró y luchó por la creación del Centro de memoria y de investigación Joseph Wresinski en Baillet-en-France. Con ayuda de algunas otras personas, reunió, clasificó y ordenó los archivos. Gabrielle quería que no se perdiera nada, conservaba incluso papeles parcialmente quemados en uno de los incendios del asentamiento de Noisy-le-Grand. Es un trabajo colosal que facilita actualmente el acceso a la riqueza y la densidad de la vida de aquellas personas, que nos ha mostrado el sufrimiento y la fortaleza de un pueblo para que ya no sea olvidado por la Historia, sino que se convierta en el germen de una sociedad nueva. Quién mejor que Gabrielle, hubiera podido captar esta fuente de verdad presente en el corazón, la inteligencia, la acción del padre Joseph. Estos archivos fueron reconocidos en 2023 en el registro mundial Memoria del mundo, patrimonio documental de la humanidad de la UNESCO.
Este legado es especialmente valioso para aquellas personas que tuvieron que hacer frente al desprecio de los demás. Una de estas personas escribió: «Gracias por habernos hecho descubrir al padre Joseph a través de tus palabras, tus gestos de amor y tu mirada ávida de aprender de los demás. Gracias por todo el tiempo que me has dedicado, porque ese tiempo me permite mantenerme en pie, con la cabeza alta, orgullosa de mis orígenes, con la mirada vuelta hacia mi pueblo para no ignorarlo, segura de saber por experiencia que la miseria no define quién soy, y feliz por haber compartido este camino contigo, porque a pesar de tantos sufrimientos, es también tan hermoso… Ser militante Cuarto Mundo es el regalo más bello que me dejas.»
Estaba preocupada, con una inquietud creadora, porque quería que no se olvidaran nunca los orígenes y los fundamentos del Movimiento: cada persona tiene que poder encontrar en él fuerzas para avanzar y profundizar su compromiso. Creó en Méry, recurriendo para ello a jóvenes, niños y amigos de aliados, el lugar «Somos herederos» accesible para todos.
Con ayuda de dos jóvenes voluntarios, reelaboró los mensajes que escribió y envió 3 veces al año durante años para suscitar apoyos. Se publicaron en el libro «Vidas compartidas». Cada uno de estos mensajes nos desvela una verdad nacida de estas vidas que nadie ve, que otros desprecian u otros incluso ignoran. Gabrielle descubrió allí perlas de humanidad que nos sorprenden, nos conmueven y permanecen en nosotros durante largo tiempo. Un aliado escribió: «Cuántos de sus mensajes trimestrales fueron cruciales en mi vida de aliado. Nunca era miserabilista, al contrario, Gabrielle elevaba la historia de la familia al nivel de la gran historia de la humanidad tan rica y diversa, haciéndola unirse a nuestra comunidad. Tenía el talento, cuando relataba el episodio de una lucha política y social, de hacernos entrar en la vida de la familia de la que daba testimonio. Estaba plena de emociones y rica en enseñanzas.»
En la primavera de 2003, su mensaje acababa con estas palabras que resuenan en la actualidad de hoy día: «Sigamos juntos para decir sí a todo lo que es fuente de más humanidad para no perder nunca la esperanza en la bondad y no olvidar el sentido profundo de nuestra presencia en la tierra de los seres humanos.»
Hasta el final, Gabrielle derrochó un entusiasmo que parecía no tener límites.
Había un monumento que significaba mucho para ella: la capilla «Nuestra Señora de los sin techo y de todo el mundo», construida en el centro del asentamiento de Noisy-le-Grand por hombres que vivían allí. Puso toda su energía en su restauración y para que fuera clasificada en el inventario de los monumentos históricos. Desde su construcción, este lugar acogía a personas abandonadas y maltratadas por la sociedad, y allí expresaban su fe, su sed de justicia y de perdón, allí se casaron parejas, se bautizaron niños, se celebraron funerales. Gabrielle quería que la grandeza de los más pobres siguiera mostrándose allí. Para la inauguración, puso mucho empeño en encontrar a los niños y los jóvenes del asentamiento. Conservó los lazos con algunos aunque no con todos. Una vez convertidos en adultos, debían de ser los primeros testigos en recibir este reconocimiento.
Hace tres años, Gabrielle, notando que su fragilidad era cada vez mayor, se preparó para ingresar en la residencia de las Hermanitas de los Pobres en Bruselas. Era una manera de unirse a mujeres que estaban, como ella, comprometidas totalmente para que las personas despojadas de recursos y de fuerza fueran amadas hasta el final. Le brindaron a Gabrielle una calurosa acogida y le devolvieron lo que ella había ofrecido tanto, a tantas personas comprometidas en el Movimiento, a lo largo de toda su vida: una atención, un cuidado, un respeto incondicional cuando había llegado la última etapa de su vida.
Gabrielle, tu compromiso ha impregnado la totalidad de la historia del Movimiento, eres en nuestro corazón, la delicadeza y la exigencia, la memoria viva de nuestra lucha, la amistad fiel.
