Una formación al servicio de un proyecto familiar

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«Miofana Mianatra Miaraka – MMM» o «Formarse y aprender juntos»

El origen de esta iniciativa se remonta a 2005, cuando algunos miembros de ATD Cuarto Mundo de Madagascar que deseaban acceder a un trabajo digno, se organizaron para compartir sus conocimientos. Desde entonces, la iniciativa ha evolucionado mucho en su forma, pero el objetivo principal sigue siendo el mismo: ofrecer a las personas en situación de pobreza un espacio donde formarse y aprender juntas, ampliar sus posibilidades de futuro y acceder, a largo plazo, a un empleo digno y decente. En su formato actual, acogemos entre 20 y 30 personas al año.

Un barrio con mala reputación

Todas las personas a las que se les propuso esta formación viven en el barrio de Andramiarana. La mayoría de los habitantes se ganan la vida recogiendo, revendiendo o transformando diversos objetos procedentes de un vertedero cercano: actividades útiles para la sociedad, pero menospreciadas, precarias, a menudo difíciles e insalubres.

Entre los numerosos factores que explican la situación de estos cientos de familias establecidas en viviendas muy modestas, a orillas de los canales de desagüe de la capital, se encuentran: un contexto urbano caracterizado por la inseguridad en la tenencia de la vivienda, la precariedad económica, el predominio del empleo informal y la saturación de los comercios de proximidad. También influyen el legado familiar y el nivel educativo tanto de las niñas y los niños como de los adultos, que a menudo no superan la enseñanza primaria, con una elevada tasa de analfabetismo, incluso aunque hayan tenido escolarización, etc.

Una formación al servicio de un proyecto familiar

Ante esta realidad, nuestro taller de formación MMM, ubicado en la Casa Cuarto Mundo, ofrece a una docena de mujeres, a las que denominamos «artesanas», un proceso personalizado de entre cuatro y seis meses de duración, de forma simultánea.

El inicio de la formación debe contar con la participación de la pareja y los hijos, en la medida en que debe contribuir al desarrollo del núcleo familiar. Así, si bien da derecho a una indemnización diaria compensatoria, indispensable, su concesión está al mismo tiempo condicionada a la obligación de realizar diversos ahorros destinados a la escolarización, la renovación de la vivienda o el alquiler, y posibles gastos de salud imprevistos.

En el día a día, con una frecuencia de tres días a la semana, esto implica:

  • una formación especializada, ya sea en costura industrial, en crochet con rafia o en la alimentación en pequeños comercios de proximidad,
  • una formación más general que incluye, según el nivel, alfabetización funcional, refuerzo de capacidades en gestión doméstica y emprendimiento,
  • actividades específicas destinadas tanto a favorecer la expresión del pensamiento individual, reforzar el autoconocimiento y la confianza en uno mismo, como la cohesión del grupo y el respeto mutuo, actividades que les preparan para el mundo empresarial que aún les resulta desconocido.

Por ejemplo, dado que la discriminación por motivos de género no es rara, al igual que los posibles obstáculos dentro de la pareja, les proponemos reflexionar sobre la visión que tiene la sociedad de las mujeres, sobre su papel en la familia o incluso sobre la solidaridad femenina.

Del patio trasero de casa a la empresa

Hace más de un año conocimos más a fondo a Fanomezana, una mujer de 23 años, casada y madre de dos hijos. Como muchas otras mujeres, es analfabeta y teje alfombras en su casa con retales de tela y plásticos recuperados, por las que gana menos de 0,10 € por pieza por cada dos horas de trabajo (el salario mínimo reglamentario de un empleado es de poco más de 2 € al día).

Aunque al principio se mostró bastante reservada y escéptica ante nuestra propuesta de incorporarse a este curso, aceptó «venir a echar un vistazo» durante una jornada de puertas abiertas. Animada por otras mujeres, se unió a un nuevo grupo de artesanas unas semanas más tarde.

Tras especializarse en crochet con rafia y tras seis meses de aprendizaje, consiguió incorporarse a una empresa local reconocida por sus creaciones de alta gama. Durante sus primeros meses de prácticas, necesitará seguir contando con apoyo económico y moral para no rendirse, ya que las exigencias del taller son muy altas: ¡hay que hacer y deshacer la pieza varias veces hasta que quede perfecta!

Hoy en día, Fanomezana se ha vuelto exigente en cuanto a la calidad de sus productos y, gracias a su destreza, se ha especializado en la confección de trenzas. En los momentos en los que no tiene mucho trabajo se ha ofrecido a transmitirnos a nosotros, así como a las otras artesanas, sus nuevos conocimientos en la materia. Y nos ha pedido que la acompañemos a abrir su primera cuenta bancaria.

Aunque no todas las trayectorias profesionales de las artesanas son tan «exitosas» como la de Fanomezana, la transformación personal de cada una suele ser evidente y no por ello menos importante.

Una opción también abierta para los hombres, en un contexto económico sombrío

A finales de 2025, tras recibir solicitudes de algunos hombres y al constatar que persistían obstáculos que dificultaban la participación de sus esposas en la formación, propusimos a una decena de ellos que se unieran al taller.

En el barrio de Andramiarana, aunque los oficios masculinos más extendidos son físicos y al aire libre (reciclador, ladrillero, carretero, peón, portador de agua, dragador de arena de río, etc.), el oficio de sastre, o más exactamente de operario en talleres que a veces reúnen a cientos de trabajadores, sigue siendo atractivo, incluso para los hombres. El contexto económico y el mercado laboral, bastante desalentadores debido, sobre todo, a las dificultades que atraviesan las empresas textiles al otro lado del Atlántico, no parecen haber cambiado nada hasta ahora. La perspectiva de acceder a un empleo de este tipo combina, en efecto, la promesa de unos ingresos mínimos y estables con la de ejercer una profesión socialmente reconocida.

Por experiencia, el mayor cambio que deben afrontar tanto hombres como mujeres sigue siendo pasar de una vida cotidiana que combina la precariedad con cierta libertad, a otra menos incierta y estructurada en torno a jornadas fijas. En ambos casos, sin duda, no se cuentan las horas ni los días de descanso.