El Pivot cultural, de ayer a hoy

Este artículo es la combinación de dos artículos publicados en el sitio de ATD Cuarto Mundo Francia: Le pivot culturel, un lieu de partage du savoir y Les enfants du pivot culturel dévoilent leurs trésors.

El Pivot cultural de Noisy-le-Grand es el único que queda en Francia hoy en día, pero en los años 70 existieron alrededor de cuarenta por todo el país y permitieron a muchísimos niños aprender a vivir en comunidad, crear relaciones de confianza con adultos y encontrar su lugar en la sociedad.

El 30 de enero de 1968, el primer Pivot cultural 1de ATD Cuarto Mundo abrió sus puertas en el campamento de personas sin hogar de Noisy-le-Grand. Este local estaba compuesto por la biblioteca, abierta desde 1963, «un taller donde se trabaja con las manos y una sala de actividad física donde el cuerpo es el protagonista», se lee en un informe titulado Le savoir dans la rue («El saber de la calle»), publicado por el Movimiento ATD Cuarto Mundo en 1982.

Poco después, se abrieron otros centros en el barrio de La Cerisaie, en Stains, en los barrios marginales de Francs-Moisins en Saint-Denis y de La Loubière en Toulon, así como en Suiza, Bélgica e Inglaterra. «Aunque todos estos centros tienen en común ser lugares donde las actividades giran alrededor del libro, cada uno tiene sus propias características, vinculadas a las circunstancias en las que fue creado», escribe la autora de este informe, Annick Leray.

Al ofrecer talleres, salidas y también acompañamientos más individuales, estos lugares no son guarderías ni compiten con la escuela. Son «lugares para compartir conocimientos, en oposición a una tendencia que impulsa a acumular conocimientos o a competir entre las personas», continúa la autora.

El contacto directo con la materia

Creados paralelamente a las Bibliotecas de calle, los Pivots culturales tienen como objetivo ampliar el horizonte de los niños de 6 a 12 años mediante la apertura hacia el exterior. «El libro, por sí solo, no puede responder completamente a las aspiraciones o necesidades de los niños. En la medida de lo posible, los conocimientos adquiridos a través del libro deben contrastarse con la observación de la vida cotidiana. […] El Pivot cultural debe poder integrarse en la vida de los niños y, en concreto, deben establecerse vínculos con la familia y con la escuela», detalla el primer balance de las acciones realizadas en estos centros culturales, publicado en 1970 en la revista Igloos (esta revista pasó a llamarse Revue Quart Monde en 1985).

Desde el inicio, el énfasis se pone en «el contacto directo con la materia», como lo experimentaron, más de 50 años después, los niños del Pivot de Noisy-le-Grand al crear su tesoro. «Así es como descubren el mundo que los rodea, así es como aprenden qué es el fracaso. Cuando este se materializa en una silla inestable o en una pieza de cerámica agrietada, resulta más fácil analizar sus causas y transformarlas poco a poco en un logro. Esto es muy importante, porque cada vez que superamos un bache, aprendemos», escribe Annick Leray.

La importancia de lo colectivo

Los Pivots también son espacios que permiten a los niños conocer y crear relaciones de confianza con adultos. «Científicos, estudiantes, mecánicos y artistas vienen a compartir sus conocimientos con los niños», explica Quentin Bernard, quien anima desde hace tres años el Pivot de Noisy-le-Grand. «Personas de distintos oficios, profesiones y compromisos se reúnen en este lugar que actúa como un punto central en la sociedad, con la idea de que todo lo que se aprende solo adquiere sentido dentro de un colectivo en el que se comparte», añade.

El objetivo del Pivot es «ofrecer a cada niño vínculos y oportunidades que le permitan construirse como persona y situarlo en contextos donde pueda desarrollar todo su potencial: descubrirse a sí mismo para sentirse orgulloso de quien es y de lo que sabe hacer, darse a conocer a sus padres y mostrarse tal como es ante los demás», afirmaba Annick Leray en 1982. Más de medio siglo después de su creación, el Pivot Cultural de Noisy-le-Grand, el único de este tipo en Francia hoy en día, sigue llevando a cabo esta misión partiendo siempre de los deseos y las intuiciones de los niños.

A partir de las preguntas de los niños y junto a ellos

«La tarjeta bancaria de nuestro padre no tiene dinero. Vamos, hagamos dinero». El proyecto nació hace algo más de un año a partir de esta frase, repetida una y otra vez por los dos hermanos, Simon y Manuel. Al principio, Quentin Bernard, el voluntario permanente al que se dirigían de esta manera, no sabía muy bien qué responderles. «Les decía que no podíamos ganar dinero, que estaba prohibido, pero me sentía mal por no ir más lejos», explica. Al mismo tiempo, observaba que la cuestión del dinero estaba «muy presente» en el discurso de la mayoría de los niños que acudían al Pivot.

Junto con los cuarenta niños y también con una treintena de adultos que fueron sumándose y prestando su apoyo a lo largo de los meses, se embarcaron en la creación de un tesoro en octubre de 2023. Para Quentin Bernard y Lucie Mulot, también voluntaria permanente, así como para Dominique Lavaur, aliado del Movimiento ATD Cuarto Mundo, el proyecto debía completarse en dos o tres meses. Empezaron a definir sus características y a reflexionar sobre cómo «plantear a los niños desafíos que les permitieran aprender a apoyarse, unirse como grupo y reflexionar». No imaginaban que, un año después, aquel famoso tesoro sería presentado ante más de 200 personas, entre ellas la Defensora de los Derechos, Claire Hédon, ni que los niños llevarían a la Monnaie de Paris (la Casa de la Moneda de Francia), junto con sus monedas, «todo lo que habían aprendido sobre la manera en que el dinero mantiene unida, literalmente, a una sociedad o a una familia».

El riesgo y la aventura

Primero había que comprender qué entendían los niños por «tesoro». Dominique Lavaur les propuso ejercicios sensoriales para que definieran, tocando distintos objetos y escuchando la sonoridad de diversos materiales, lo que querían fabricar. «¿Una moneda es redonda, cuadrada, grande, pesada, dorada…?», las preguntas se multiplicaban, recuerda Quentin Bernard. Organizaron una visita a la Monnaie de Paris, institución que fabrica cerca de mil millones de monedas cada año. Semana tras semana, los niños fueron afinando su proyecto y poniéndose de acuerdo en la composición de su moneda.

Decidieron escribir en cada moneda «los niños valiosos» y grabar sus iniciales. También quisieron representar una leona, «porque nos enfadamos demasiado rápido», y un loro, «porque hablamos demasiado», explica Abou, uno de los niños del taller. Inventaron un poema para contar la historia de esos animales y les dieron forma mediante dibujos, una litografía, una vidriera y esculturas. Salieron a explorar canteras en busca de cristales de yeso y otros minerales, pero también para «reflexionar sobre lo que representa un tesoro: el secreto, el peligro, la dificultad», subraya Quentin Bernard.

En mayo de 2024 cruzaron las puertas del taller de creación de Dominique Lavaur, en el departamento de Yvelines, para acuñar las monedas y grabar en ellas sus iniciales. Aún quedaba fabricar un estuche para el tesoro, preparar las invitaciones y entrenarse para hablar en público y contar aquella extraordinaria aventura. Para los animadores, cada sesión era una oportunidad para reflexionar sobre «cómo utilizar herramientas y prácticas que normalmente se emplean con fines de excelencia y que terminan seleccionando y excluyendo a las personas, para ponerlas al servicio de un proyecto colectivo que incluya a todo el mundo», explica el voluntario permanente.

«Aprendimos a ser solidarios»

Tras aquel año tan intenso, los niños estaban deseando presentar el fruto de su trabajo el 2 de octubre en la Monnaie de Paris. «La mayoría de nosotros nunca había participado en una aventura tan larga como esta», exclama Chams. «Hemos hecho cosas hermosas, cosas delicadas y cosas frágiles, como las vidrieras. Hemos trabajado duro y nos hemos esforzado mucho. En la cantera, por ejemplo, no había que tener miedo ni actuar de forma imprudente. Hacía falta mucha calma», explica Herby.

«Para trabajar juntos, nos escuchamos unos a otros. Aprendimos a trabajar en equipo. […] Yo no me siento valiosa; el grupo es lo valioso y excepcional. Somos valiosos porque trabajamos juntos. Somos valiosos porque es difícil encontrar algo así y porque es difícil hacerlo. Somos niños valiosos porque realizamos cosas que la gente no suele hacer. Lo logramos porque en el Pivot aprendimos a ser solidarios», continúa Fatou.

Su orgullo se hizo palpable cuando, con gran solemnidad, el grabador general de la Monnaie de Paris, Joaquin Jimenez, les prometió mantenerles siempre abiertas las puertas de su taller y concede a todos ellos «el título de grabador aprendiz». «Este vínculo es indestructible y, si en el futuro alguno de vosotros decide seguir este camino, será bienvenido en el taller de grabado para realizar prácticas», añadió. Para Quentin Bernard, este proyecto: «por su duración y la magnitud que alcanzó, permitió que cada niño, y sobre todo los más excluidos, encontrara un lugar, porque cada uno aportó algo reconocido y necesario para el resultado final».

«Una oportunidad para mirar a nuestros hijos de otra manera»

Un magnífico cofre de madera sirvió de escaparate para exhibir las monedas en las instalaciones de la Monnaie de Paris. Entre quienes acudieron a la presentación del tesoro estaba la madre de Daniel, orgullosa de que hubiera sido su hijo de diez años, incapaz de estarse quieto, quien lo había construido.

Cuando su padre descubrió el objeto, exclamó: «Ah, este soy yo». Con esas palabras expresaba «su felicidad por haber transmitido a Daniel el gusto por el trabajo manual, la capacidad de dedicarse a una tarea exigente y perseverar en ella cada viernes por la tarde, algo que en la escuela le resulta complicado», explica Quentin Bernard. Daniel, por su parte, considera que «fueron los padres quienes inventaron el Pivot para que los niños aprendieran a trabajar».

«Se me pone la piel de gallina; no me esperaba algo así», exclama otra madre al contemplar las fotografías de los niños trabajando, mientras que otra reconoce que ahora mira a su hijo «con otros ojos», pese a que lo expulsan regularmente de la escuela. «Ha encontrado otra manera de hacerse un lugar», afirma. Para la madre de Ismaël, el Pivot es «como una familia, un lugar donde los niños se sienten a gusto, escuchados y acompañados. Nos demuestra que nuestros hijos son capaces, que debemos sentirnos orgullosos de ellos».

  1. Los Pivots culturales son espacios culturales, aprendizaje y actividades creados por ATD Cuarto Mundo para favorecer el acceso de los niños a la cultura, el conocimiento y la vida colectiva. ↩︎