Creación del «Patio de los 100 Oficios»

En los diferentes lugares donde está presente, el Movimiento ATD Cuarto Mundo alienta la escritura y recopila  historias de resistencia y de transformación escritas por personas que actúan para superar la extrema pobreza tomando como base de su acción la experiencia de quienes la afrontan a diario.

La siguiente historia está escrita por Michel Aussedat (Burkina Faso).

En la década de los 80 el Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo buscó el modo de profundizar sus relaciones con el continente africano. En julio de 1982,  Joseph Wresinski me envió a Uagadugú con la misión de lograr establecer una relación de «amistad con las niñas, niños y jóvenes que viven en la calle». Me sumé a otras dos voluntarias permanentes que trabajaban al servicio de un centro del Arca que recibía a niñas y niños con discapacidad.

Dediqué tiempo a caminar, descubrir el país, encontrar a personas preocupadas por el futuro de estos niños y jóvenes, para tomar conciencia de las iniciativas que se realizaban a nivel local en favor de los niños. Establecí una relación con quienes deseaban salir al encuentro de estas niñas y niños, como Luc, funcionario, o Jean, un joven que trabajaba con un vendedor de artesanía de bronce. Con ellos constituimos el núcleo de un pequeño grupo de amigos.
Visitábamos con regularidad los lugares donde los niños se reunían: el mercado, la oficina central de Correos, el centro de la ciudad, algunos servicios públicos, como los de agua o electricidad, lo que permitió establecer una relación de amistad con varios grupos de niños. Los domingos o los días festivos eran una oportunidad para conocer a las niñas y niños que se encontraban en una situación mayor de desprotección.

  • Ante la gran cantidad de solicitudes de apoyo (salud, vivienda, comida, vestido…), intenté entender cuáles eran las redes de solidaridad sobre las que podían apoyarse los niños cuando hacían frente a sus dificultades cotidianas. El desafío era tomar en cuenta las múltiples iniciativas individuales y colectivas que intentaban brindarles apoyo sin suplantarlas.

Un día, un grupo de niños del mercado nos pidió «celebrar Navidad». Era la primera oportunidad para nosotros de destacar que lo que queríamos era alcanzar a los más desprotegidos. Les invitamos abiertamente a todos sin establecer ninguna diferencia en razón de su pertenencia a un grupo u otro. Las autoridades y responsables del barrio, tanto cristianos como musulmanes, pasaron a visitarnos.
Pese a algunas tensiones, ese día teníamos plenamente esperanza de lograr mantener el encuentro.

  • Con el objetivo de conocer mejor la vida y las aspiraciones de los jóvenes que vivían en situación de calle, y sin entrar en un diálogo intrusivo sobre su situación, el grupo de amigos llevó cabo  una investigación colectiva sobre los oficios que realizaban: ¿cómo lo habían encontrado?, ¿cuáles eran sus experiencias en el trabajo?, ¿por qué lo habían dejado?

Cada uno, desde el mayor hasta el menor, por turnos, fueron tomando la palabra, en un clima de profundo respeto y de escucha hacia los demás compañeros. Procedimos a grabar sus intervenciones y después se intentaron poner en valor mediante la elaboración de un álbum que después con frecuencia venían a consultar.

  • Los mayores pusieron de manifiesto que ya no buscaban trabajo, puesto que no les generaba más que problemas: «Cuando encuentras un trabajo como aprendiz, si se produce un robo en el taller, enseguida te culpan de ello debido a tu pasado en situación de calle», decían.

Estas intervenciones nos empujaron a invitar a varios artesanos a realizar pequeños talleres de una semana o dos de duración para que los jóvenes pudieran descubrir la diversidad de oficios y para que tuvieran una experiencia positiva de trabajo. Propuse que uno de esos talleres se realizara en el patio donde yo vivía porque era muy grande. ¡Así es como nació el proyecto del Patio de los 100 Oficios!1

  • Los primeros talleres duraban, por lo general, únicamente medio día, para que los niños no perdieran sus puestos de trabajo en la ciudad. Se les proporcionaba una indemnización que les permitía garantizar la cena, aunque se daba prioridad a la formación.

Una financiación de Unicef permitirá entonces adquirir las herramientas básicas para su realización. Gracias a la realización de varios talleres de albañilería, se construyeron los primeros edificios de «adobe»: una sala grande, un almacén con un espacio para
guardar las herramientas, dos salas contiguas para recibir a otro voluntario permanente. Un grifo y un espacio de ducha para permitir a los niños lavarse y lavar su ropa, exclusivamente durante el tiempo de mediodía para respetar así el tiempo de trabajo durante los talleres. También se habilitó un espacio de atención sanitaria para garantizar una atención sanitaria regular en colaboración con el centro de salud del barrio y el hospital. Un funcionario del ámbito sanitario se propuso también para responder a las cuestiones de salud que preocupaban a los niños.

  • Muy pronto los profesionales se vieron empujados a implicar a los jóvenes en el trabajo en vez de enseñar el oficio según el método tradicional. Se suceden los talleres de carpintería, costura, trabajo del cuero, bronce, fabricación de juguetes de madera…

Muy rápidamente estos niños y jóvenes que llevaban mucho tiempo viviendo en situación de calle nos pidieron que les llevásemos a sus pueblos para informar a sus padres y madres que en esos momentos «trabajaban». Se crea otro tipo de relación, de mayor confianza. Poco a poco, los niños van pidiendo que les guardemos preciosamente las prendas que compran en vistas a su futura visita a la familia en el pueblo. El grupo de amigos estaba preocupado por preparar lo mejor posible esos retornos en familia y se movilizó solicitando consejo a los miembros de las familias de los niños que residían en la ciudad y facilitar así esos primeros contactos después de un largo período de ruptura.

  • Descubrimos la aspiración de estos jóvenes a sentirse útiles y a ser respetados.

Durante la preparación del Festival Panafricano de Cine (Fespaco) que se celebra cada dos años, los niños expresaron su inquietud pues la policía acostumbraba a efectuar grandes redadas para proteger a la gran cantidad de turistas que acuden. Solicitamos a los organizadores del Festival que implicasen a las niñas y niños en situación de calle en el desarrollo del mismo. Se les propuso entonces limpiar uno de los espacios donde tendría lugar el Festival. Cerca de cien niños y jóvenes se movilizaron y limpiaron la explanada de la Casa del Pueblo con entusiasmo, sin recibir nada en contraprestación. ¡Impresionados, los miembros de la organización, a su vez, les ofrecieron la comida! Algunos días más tarde, se procedió a la realización de una serie de redadas masivas pero, gracias a la intervención de los organizadores, pudimos lograr que salieran de comisaría y albergarles en nuestro Patio durante la celebración del Festival. La policía nos propuso incluso tomar a niños que no estaban registrados en nuestra lista. Logramos coordinar un puesto de animación dirigido a los niños durante el Festival. El ministro de Asuntos Sociales de la época estaba impresionado por la actitud de estos niños que ponían de manifiesto su orgullo a la hora de contribuir a esta gran cita africana. Algunos realizadores aceptaron entonces reunirse con los niños en el Patio para dialogar sobre sus películas.

Más tarde, intentamos que los niños y jóvenes participaran en la movilización del país para ayudar a la población afectada por la sequía, más aún cuando varios de ellos eran originarios de estas regiones.
Impactada profundamente por estos jóvenes y niños que ofrecían todo lo que poseían para compartir, la ministra de la Solidaridad se reunió con ellos en la antigua sede de la Asamblea Nacional y les invitó a participar en la lucha en favor del tren que intentaba prolongar las vías hasta las minas del nordeste del país. Se organizó entonces una jornada especial para facilitar la contribución de los jóvenes en situación de calle. Solamente lamentamos que en aquella ocasión no se hubiera asociado a estos jóvenes junto con los demás. Pero son muchos los que respondieron a este llamamiento y se dieron a fondo en su empeño.
En 1987, para dar a conocer mejor la vida y las ambiciones de estos niños y jóvenes a la población, se llevó a escena una obra de teatro inspirada en el cuento «Et l‘on chercha tortue» [Y buscaremos a la tortuga], en la Casa del Pueblo de Uagadugú ante cerca de 2 000 personas. El cuento, interpretado por niños de diferentes partes del país, se inspira en sus vidas.2

Actualmente el Patio continúa su labor de búsqueda de una nueva generación de niños y jóvenes, en colaboración con familias muy desfavorecidas. Además, el país ha invertido en la formación de educadoras y educadores que intervienen en medio abierto.

Para saber más, visite el blog 1001 Historias de Resistencia