Los más pobres, reveladores de la invisibilidad de los derechos humanos | Joseph Wresinski

El 10 de diciembre celebramos el Día de los Derechos Humanos. En esta misma fecha, en 1948, se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Con este motivo publicamos un extracto de la contribución del Padre Joseph Wresinski a la reflexión fundamental de la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos, publicada en 1989, “Los más pobres reveladores de la invisibilidad de los Derechos Humanos”.

El padre Joseph Wresinski murió antes de terminar la versión definitiva de su contribución a esta reflexión fundamental sobre los Derechos Humanos. A partir de sus estas indicaciones hemos elaborado una última versión con la certeza de no traicionar la sutileza de su pensamiento y siguiendo el ejemplo de su minuciosa elección de las palabras.

El hombre, su mensaje, su destino. Estos son, hoy más que nunca, el centro del pensamiento y del combate del mundo. ¿Acaso no se trata de eso en tantos debates y luchas que en nuestra época tienen como asunto los Derechos Humanos?

Sin embargo, cuarenta años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, su aplicación sigue siendo más limitada de lo que muchos esperaban, más limitada también de lo que nosotros habíamos imaginado, durante mucho tiempo, en nuestras democracias occidentales. No hay, como habíamos creído, países en los que estos derechos se respetan y otros en los que se respetan menos o aún no se respetan. La gran pobreza que ha vuelto a emerger en los países ricos, que habían olvidado su existencia, se ve hoy como una violación sistemática de todos los derechos fundamentales. Es decir, que en todos los países existen negaciones graves. Y no son accidentales, sino inherentes a la forma en que las personas organizan la vida de la comunidad nacional e internacional.

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Me gustaría tratar de contribuir a esta reflexión repasando lo esencial de lo que me han enseñado los pobres. He tenido el privilegio de compartir su vida y su lucha en Europa Occidental, en África, en las Américas, en Extremo Oriente (…). Me gustaría señalar las vías de investigación por las que me han llevado a lo largo de mi vida las poblaciones desposeídas de todos los derechos.

Estas poblaciones me han hecho descubrir las realidades que han vivido, que unen a los más pobres de todas las culturas y continentes, y que en todas partes significa la condición de excluidos de los derechos. Son unas realidades que les han llevado a elegir el nombre de Cuarto Mundo, el pueblo que es ajeno a todos los mundos que se han forjado los demás. Hablaré también del rechazo que oponen a esta condición de miseria las víctimas y quienes se han puesto de su lado. Un rechazo que parece descansar, en todos los horizontes, en una concepción de que el ser humano tiene derecho a responsabilidades y a los medios para asumirlas, por el bien de todos. Una concepción de un ser humano indivisible en sí y, por ello, titular de responsabilidades y de derechos indivisibles. Pero también de un ser humano indisociable de los otros, parte integrante de una humanidad indivisible, en la que el más pobre debe poder participar en la misión común.

(…) Todos los avances esenciales de los seres humanos hacia una mayor humanidad se han conseguido, a través de los siglos, partiendo de un retorno a los más pobres de cada época. Nosotros añadiremos que, por desgracia, las personas olvidan pronto lo que siglo tras siglo van debiendo a los pobres. Hoy especialmente parece que han olvidado que les deben una concepción del ser humano nacido igual a todos, ¿libre? y, en este sentido, poseedor del derecho a participar como interlocutor igual, ¿libre? e indispensable para la vida de los demás.

En conclusión, esta concepción del ser humano parece ser admisible para todos las personas, sea cual sea su formación cultural o espiritual. Respecto de los más pobres, todos los seres humanos parecen tener la misma misión de hacer avanzar el derecho del ser humano a recibir los medios de ser y actuar conforme a su verdadera grandeza.

Poblaciones sin derecho a habitar la tierra

Desde mis primerísimos recuerdos de la infancia hasta hoy mismo, los más pobres se me han presentado como familias –como todo un pueblo, de hecho– a las que les estaba prohibido habitar el mundo de los otros, habitar la ciudad, el país, la tierra. ¿Es que puede llamarse “habitar” a esta forma de apiñarse, de esconderse, de refugiarse en casuchas improvisadas en el barrio junto al cual vivía mi propia familia en un cuchitril? (…) Una población a la que, por habitar tan mal el mundo, encima se le consideraba indigna de llegar a habitarlo en comunidad con familias menos desgraciadas.

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En el asentamiento provisional de Noisy-le-Grand, el fin del mundo donde centenares de familias con más de un millar de niños se refugiaban en iglús hechos de cemento y amianto que antes se usaban para los cerdos, y hasta eso provisionalmente, porque ¿quién iba a admitir mucho tiempo esa lepra a las puertas de París? Allí también conocí a familias tratadas como objetos de medidas, ayudas y controles, en vez de sujetos de derecho. Familias cuya única identidad era una denominación negativa: “asociales”, “inadaptados”, “torpes” y como única etiqueta casi neutra utilizada y que les fue poco a poco arrebatada era el calificativo de “sin hogar”.

(…) Y siempre encontraba, cuando se trataba de los más pobres, esta misma negativa a que habitaran la tierra y existieran para el prójimo. Familias en las calles de las grandes ciudades de América del Norte, anulada su identidad familiar para amontonarlos –niños y madres por un lado, padres por otro– en los albergues de asistencia… Familias de América Latina que huyeron del campo y del hambre para aferrarse al borde de un barranco cerca de la capital. Allí no se lleva un registro de los nacimientos ni de las muertes, porque no deberían estar en ese lugar donde está prohibido vivir. Cuando las lluvias tropicales arrastren una choza al abismo, unos niños habrán nacido y muerto sin haber existido jamás para la administración.

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¿Existe una diferencia fundamental entre esta miseria vaciada de todos los derechos en países lejanos y la gran pobreza de una familia de Île-de-France?

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El final del camino es, sobre todo, pasar de una identidad ya negativa a esta especie de no identidad, de no existencia administrativa, a esta desaparición de todos los registros, de todas las estadísticas. Seres humanos, familias que ya solo aparecen como si fueran fantasmas: los han visto, pero ya no se sabe dónde, ni cuántos son. Es el fin de todas las esperanzas de llegar a formar parte de los que un día se llamaron “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas“, esa comunidad internacional cuya finalidad era hacer realidad los Derechos Humanos. Es también el fin de todas las esperanzas –porque aún se existirá a los ojos del mundo– de reunir las fuerzas de unos y de otros para luchar juntos por unos derechos. Cuanto más pobres sean las personas, privadas del derecho a habitar la tierra, más necesidad tendrán de aunar sus fuerzas en todo el mundo. Y, desgraciadamente, menos derechos tienen, menos libres son y menos pueden unirse para llevar a cabo cualquier combate común. Y es que, sin identidad en el presente, están también privados de historia y se les echa fuera de la historia de su pueblo. Se les prohíbe pertenecer a una colectividad que, en nombre de su historia pasada y presente, tendría un proyecto de futuro común que desarrollar.

(…) La gran pobreza, que pone en jaque la totalidad de los Derechos Humanos, representa un desperdicio insostenible de inteligencia, de inventiva, de esperanza y de amor. Es desaprovechar un capital incalculable de hombres, de mujeres y de niños ajenos a los derechos, a la administración, a la comunidad y a la democracia. (…)

Los más pobres nos lo dicen muchas veces: la peor desgracia del hombre no es tener hambre o no saber leer, no es siquiera no tener trabajo. La peor desgracia es saber que no cuentas para nada, hasta tal punto que tampoco se reconoce tu sufrimiento.

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Por lo que afecta a los más pobres, parece claro que sólo el combate por el respeto de todos los derechos puede garantizar la dignidad humana. Pero, precisamente, a fuerza de preocuparnos por conseguir tal o cual categoría de derechos, ¿no estaremos olvidando que la razón de ser y la finalidad de todos los derechos debería ser la dignidad inalienable de todo ser humano? Si no es por este olvido, ¿qué explicación o qué excusa tienen nuestras sociedades, que admiten que más allá de la vida precaria y de la pobreza, algunos de sus miembros queden abandonados a una miseria destructiva sin movilizar todas sus fuerzas para eliminarla?.