La educación sola, por sí misma, no es fuente de desarrollo

Entrevista a Carlos Aldana, pedagogo de Guatemala

Docente universitario desde hace 25 años, comprometido con la educación popular desde su trabajo cotidiano con jóvenes, movimiento campesino e indígenas, Carlos Aldana Mendoza es autor de numerosos libros de pedagogía, filosofía y derechos humanos, gozando de un enorme prestigio como teórico de la educación al igual que como incansable luchador social en su país. Ha sido consultor de UNESCO para temas educativos y Viceministro Técnico de Educación en 2008.

Co-autor con otros 14 autores del libro recientemente publicado por ATD Cuarto Mundo, Aquí donde vivimos: Wresinski, pobreza y derechos humanos en América Latina y el Caribe, Carlos Aldana acaba de participar en el Coloquio de Cerisy (Francia) «Ante la miseria, repensar lo humano; con Joseph Wresinski».  Fue entrevistado por Marcelo Colussi de Argenpress en 2009.

Argenpress: Suele decirse que la educación es la clave del desarrollo, el motor del progreso de la humanidad, y se pone como ejemplo la diferencia entre el Norte próspero (donde cada vez crece más la población con acceso a la educación formal, incluso con un alto porcentaje de maestrías y doctorados) y el Sur empobrecido (todavía con muy altas tasas de analfabetismo). ¿Es la educación realmente la clave de esa diferencia?

Carlos Aldana: Creo que ahí hay mucho de mito. Malintencionadamente se nos ha venido diciendo que la educación es la clave del desarrollo, pero en todo caso la cosa es al revés: el desarrollo es la clave de la educación. Es decir: el desarrollo genera condiciones diversas (presupuestarias, políticas, sociales, culturales, infraestructurales, etc.) que permiten el desarrollo del sistema educativo, permiten que la educación se amplíe, se cualifique. Esto es importante recalcarlo porque hay que ponerle atención al hecho de cómo los sectores dominantes de nuestros países latinoamericanos, de un tiempo para acá dieron un vuelco en este aspecto y desde el silencio que había sobre el tema educativo, de repente empiezan a demostrar un interés renovado, a tener centros de investigación, centros académicos, a meterse a las estructuras de poderes públicos, a tener un discurso fuerte en los medios de comunicación sobre estos asuntos, a invertir en proyectos y en programas de educación. Es decir: es muy sintomático que el poder económico de pronto presente este cambio en su discurso y comience a decir que la educación es fundamental para el desarrollo cuando ellos son justamente los causantes de nuestro subdesarrollo histórico. Que en países subdesarrollados como los nuestros, en América Latina, se diga que por culpa del analfabetismo estamos como estamos me parece que es una falta de respeto a la inteligencia de toda la sociedad. Es al revés: por culpa de ese subdesarrollo histórico debido a los poderes hegemónicos, es por ese modelo de sociedad tan excluyente y elitista, que tenemos esas enormes masas de población sin alfabetización. Ahora el discurso pareciera ser que si educamos mucho a la población vamos a tener inmediatamente desarrollo. Pero ¿por qué no hacer esas inversiones en generar más fuentes de trabajo, en propiciar un desarrollo económico que dé más posibilidades a todas y todos para ampliar sus horizontes?

Este nuevo mito de la educación como generadora del desarrollo es algo que se viene imponiendo desde hace algún tiempo, incluso en los organismos internacionales, y ello ya ha pasado a ser una frase hecha en distintos medios. Es importante aquí recordar que Paulo Freire decía que la educación no es la palanca del desarrollo, pero el desarrollo no se puede hacer sin educación. Esa relación dialéctica es mucho más completa para entender el fenómeno en juego. Por supuesto que la educación es importante, vital, de eso no hay dudas; pero la educación sola, por sí misma, no es fuente de desarrollo. Es un proceso mucho más complejo donde todo va de la mano, el crecimiento económico y mejores condiciones de vida de la población junto con la educación. Para entender la situación de Guatemala o cualquiera de los países de América Latina, tanto en el ámbito educativo como en su situación social en general, hay que hablar no tanto de la pobreza sino del empobrecimiento. La “opción por los pobres” en realidad es una opción por los empobrecidos. Cuando hablamos de esto no estamos pensando sólo en la gente pobre sino en las estructuras económico-políticas y sociales excluyentes que han empobrecido a la población, que no le han permitido crecer. Y en todo caso, la educación a la que pueden acceder esos sectores siempre marginados es algo que los reafirma en su condición de excluidos. No es una educación que los libere, sino que los reafirma en su calidad de excluidos.

Argenpress: ¿La educación libera u oprime entonces? Grandes pedagogos como el venezolano Simón Rodríguez o el brasileño Paulo Freire han tomado a la educación como una “práctica de libertad”. Pero si vemos la realidad cotidiana del ámbito educativo, en cualquier nivel (primario, secundario, universitario), parece tener más de represiva que de liberadora. Vez pasada, incluso, dijiste en alguna otra entrevista que “la escuela es más aniquiladora que formadora”. ¿Cómo entender esta característica del hecho educativo?

Carlos Aldana: La escuela tradicional que ha surgido de sistemas educativos hechos a la medida de los grupos dominantes es muy rígida en sus funciones, es decir: educar a toda la masa trabajadora en función del proyecto económico en juego, y por otro lado, desarrollar la función ideológica que el poder le encomienda, por la que se convence a toda esa masa que no hay más posibilidades más allá de las que hoy día existen; esos son los principios fundamentales que la rigen. En ese sentido podemos decir que la escuela lo que en realidad hace es preparar mano de obra y preparar gente que esté feliz con ser mano de obra en las condiciones actuales. Eso, sin dudas, no es desarrollo; eso es aniquilación. Eso es entorpecimiento a la capacidad crítica del ser humano: no se prepara para ser crítico sino para aceptar pasivamente. Es importante, y sumamente justo por cierto, pelear el acceso a la escuela. Pero el derecho más importante no es tanto el acceso sino la calidad de la educación. ¿Qué educación me van a dar? Sobre eso no hay discusión. Los organismos internacionales que viven hablando de la educación no discuten eso; lo que quieren es tener estadísticas, números de acceso al sistema educativo, números sobre la infraestructura, pero no se habla de lo más importante, que es la clase de educación que está en juego. ¿En función de qué proyecto está la educación sistemática? Eso es lo que verdaderamente hay que discutir. La creatividad, la espontaneidad, la libertad, todo eso se destruye muchísimo en la escuela. No se valora el disenso, la capacidad de enfrentarse a lo establecido, la rebeldía. Esa capacidad es lo que habría que aprovechar por encima de todas las cosas, es un valor en bruto fabuloso. Pero la escuela aniquila la capacidad de disenso, la rebeldía sana y productiva. ¿Cuál es el perfil de un buen estudiante? El obediente, el tranquilo, el bien portado, calladito y que no se mete con nadie. Pero nunca se pone como ejemplo de buen estudiante el que vive oponiéndose al maestro, el que siempre tiene algo nuevo que decir. ¿De qué habla eso? De la aniquilación, no sólo de la espontaneidad y la creatividad sino de la capacidad de un pensamiento crítico. Si eso uno lo lleva hasta las autoridades superiores del sistema educativo, lo ve en toda su dimensión. Recientemente escribí un artículo que se llama “Sin disenso, ¿qué somos?” donde trato de hacer ver eso: hay autoridades educativas que son incapaces de poder valorar una opinión contraria, una crítica. Y así funciona todo el sistema educativo: nos viven aniquilando para que no pensemos. En un contexto como el nuestro, donde se nos ha venido reprimiendo y silenciando desde hace siglos, una escuela así, aniquiladora, es perfecta al funcionamiento del sistema. La gran meta de los tecnócratas de la educación, de los ministerios nacionales o de los organismos internacionales que se ocupan de estos temas, es poder mostrar con números que todos los niños y niñas están en el sistema escolar. Pero ¿en qué escuela? En una escuela que aniquila, que genera gente sumisa, con poco o ningún pensamiento crítico. Por eso creo que es preciso entender de otra manera el hecho educativo y proponer otro tipo de escuela.

Argenpress: Esa escuela “aniquiladora”, puesta al servicio del proyecto de las clases hegemónicas, por supuesto que lo vivimos en el Sur. Pero también en el Norte es así la situación, ¿verdad?

Carlos Aldana: Sí. Por eso creo que todos aquellos a quienes les interese el tema educativo, los educadores populares fundamentalmente, debemos empezar a tener bien claro si queremos tener esperanza en la educación para la transformación del mundo, que no hay que lanzar la mirada a la educación formal. Hay que desformalizar nuestra visión de la educación. En la agenda internacional predominante sobre la educación hay básicamente una concepción formal de ella. Se habla de educación y se piensa inmediatamente en el sistema formal. Se habla de educadores y se piensa automáticamente en los docentes dentro de un aula. Se piensa en los efectos de la educación y se piensa en los logros técnicos de los egresados del sistema formal, de los escolarizados. Pero en América Latina existen variadas, hermosas y profundas experiencias que nos demuestran que la educación está en todas partes: está en las calles, en los campos, en los sindicatos, está con los jóvenes, en distintas organizaciones de base de la sociedad civil. Todo eso hay que empezar a verlo con más fuerza, con más detenimiento. Y los académicos tenemos mucha responsabilidad en esto; en general hablamos de la educación formal. Pero la educación popular tiene muy poco espacio en la academia como objeto de estudio, en los centros de estudios superiores. Se investiga muy poco sobre educación popular y todo el acento está puesto en la educación formal. En ese sentido, los académicos le hacemos el juego al sistema. Y todo indica que para el futuro inmediato va a ser de menor impacto la educación formal que la educación informal y no formal. Quiero decir: la educación informal es aquella basada en los medios masivos de comunicación, y de la que hace uso el poder constituido. Mientras que la educación no formal queda como el campo de actuación de los sectores populares que se van organizando.
Hoy día existen estudios serios que empiezan a poner en duda toda la capacidad educativa de la familia, que es la puerta de entrada a la posterior formalización

Argenpress: ¿Qué es más importante: la ecuación formal o la informal? Los medios masivos de comunicación hoy tienen tanta (¿o más?) importancia que la escuela clásica en la creación de ciudadanía, de valores y tendencias, de formas de pensar. ¿Dónde queda entonces la llamada “educación popular” de la que se hablaba unas décadas atrás? Un planteamiento progresista del campo educativo, ¿dónde debería poner más énfasis?

Carlos Aldana: Depende para qué nos planteamos la educación toma su importancia el hecho de su pertenencia al sistema formal o el hecho de ser informal. Hoy por hoy, para la creación de valores e ideología pareciera que está empezando a ser más importante, a tener mayor impacto, la educación informal. La educación formal es muy importante para acreditarse como ciudadano, para poderse incorporar al mercado laboral, mientras que la educación informal es la que da la posibilidad de entender el mundo más cotidiano. Impacta más, pero no certifica como la educación formal. De todos modos, en lo que toca a valores y creación de ciudadanía los medios de comunicación tienen más impacto que la escuela tradicional. La gran masa docente de la escuela formal no ha podido seguir el ritmo del cambio tecnológico que impone la educación informal, por tanto no está en condiciones de competir en su grado de impacto, en los efectos que a la larga logra sobre el estudiando. Y en general tampoco tiene la posibilidad de generar una visión crítica sobre esos cambios ni sobre la escuela tradicional, creando una propuesta nueva, liberadora. En general, por diversos motivos, desde las autoridades hasta los maestros hay una fuerte tendencia a una falta de compromiso, al conformismo, a una visión no progresista, clásica y tradicional de las cosas. En otros términos: podría decirse que hay mucho analfabetismo político. Por eso la educación popular, que en las décadas del 60 y del 70 fue crucial en América Latina para crear una alternativa a la educación formal, toda una nueva pedagogía, y de hecho una nueva alternativa político-social, hoy tiene posibilidades, no sólo en los sectores populares por así decir clásicos (campesinos, indígenas) sino que también podría incidir en la formación de docentes. Esa es una lucha muy importante a desarrollar: ¿cómo hacemos para que en la formación de docentes se pueda permear a los estudiantes de pedagogía, a los futuros maestros, con esos valores de la educación popular, con una visión crítica, conectada incluso a los nuevos paradigmas científicos? Es importante tener en claro que se pueden, y se deben, aunar dos campos: los nuevos paradigmas holísticos de las ciencias cuánticas, o de la revolución biomolecular, con los planteamientos de la educación popular. Educación popular no es sólo una metodología: es una visión política de la pedagogía que sirve para crear conciencia de transformación social en las personas. Conectar estos dos mundos es una maravillosa y esperanzadora posibilidad que existe para el mundo académico. Y eso es lo que yo trato de hacer en mi práctica del día a día.

Argenpress: Desde la pedagogía popular, entonces: ¿cómo enfrentarnos a ese mundo tremendo que representa todo el campo de los medios audiovisuales (televisión, internet, videojuegos), que parece haber llegado para quedarse, desplazando a todos, incluso a la escuela formal?

Carlos Aldana: Los jóvenes de hoy se desenvuelven en un espacio que podemos llamar sociovirtualidad. Todo su ámbito, su esquema de referencias, su vida en definitiva, está constituido por elementos naturales, por factores culturales y por elementos virtuales. Hasta hace pocos años, para un joven (cualquiera de nosotros por ejemplo) los dos primeros campos eran todo; siempre se estudiaba la naturaleza y la cultura, lo natural dado y lo creado por la sociedad. Ahora entró en escena la virtualidad, y hay que ponerle mucha atención. Eso existe, y va a seguir existiendo, y cada vez habrá más virtualidad, en mayor cantidad y calidad. Por eso un planteamiento de educación popular, de pedagogía alternativa que mire hacia la transformación de lo humano, pasa por las dimensiones de lo natural, de lo cultural, y también y necesariamente por esta nueva dimensión de lo virtual. Hay que conocerla, para saber sus posibilidades de daño pero también creativas. Es algo que no podemos desconocer ni dejar de lado. Estamos saliendo de un mundo para entrar en un nuevo mundo donde la virtualidad cuenta cada vez más, pero los problemas históricos siguen estando; sigue habiendo pobreza, injusticia, exclusión, racismo. Es una herramienta, sin dudas, no tenemos que dejarnos fascinar por el campo de lo virtual; pero hay que saber utilizarla y sacarle el máximo de provecho.

Argenpress: Con los aires privatizadores que trajeron las políticas neoliberales de capitalismo salvaje de estos últimos años, en todo el mundo la educación va mercantilizándose cada vez más, en todos los niveles, y las ofertas públicas van perdiendo terreno. ¿Qué hacer ante esto?

Carlos Aldana: No se va a poder privatizar lo no formal. No se van a poder privatizar las capacidades organizativas de los sectores populares, por eso es ahí donde hay que poner mucha energía. Hay quien dice que el día de hoy la educación popular no tiene sentido; pero creo que es cuando más sentido tiene. Hoy día hay una tremenda crisis del sistema financiero, y eso es de aprovechar desde el campo popular. Y hay una crisis estructural. No es que todo el sistema esté por caer, ni mucho menos, pero hay una crisis profunda que nos puede servir quizá para proponer nuevos modelos. Eso nos puede servir para poner en duda y abrir todas las críticas contra esos aires privatizadores que ahora nos agobian. En este momento creo que es básico acuerpar todo esfuerzo que vaya en defensa de la escuela pública. Los mejores aires para la privatización de la educación pública parece que ya pasaron. Ahora, con la crisis que en este momento vive el sistema, está haciendo un poco de agua la ideología privatista. En este momento todo eso está contenido. No sé si está detenido, pero en estos momentos no está en crecimiento esa ideología, porque la crisis plantea otras prioridades. Esto es una tendencia internacional. De todos modos no hay que olvidar que en estos años recién pasados se ha privatizado ya muchísimo, en todos los niveles de la educación, pero queda todavía un resto que es el que hay que seguir defendiendo. En el caso de Guatemala hay datos increíbles: en los niveles de preprimaria y de educación secundaria, los servicios privados ocupan porcentajes enormes. Desconozco si esto es así también en otros países, pero aquí la privatización ha tenido un gran impacto. En el nivel de secundaria, por ejemplo, llegamos a un 77% de los alumnos en el sector privado. Esto es un enorme peligro: durante su juventud, en el momento de creación de ideología, de visiones del mundo, todo ese enorme porcentaje de alumnado está en instituciones privadas, lo cual marca toda una tendencia. Y eso es, justamente, lo que hay que revertir.