Joseph Wresinski | La lucha contra la pobreza en Europa

En 1957, seis países europeos fundan la Comunidad Económica Europea(CEE). Treinta años después, Joseph Wresinski, fundador del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo, expresaba su decepción en relación con la persistencia de la pobreza en la CEE.

En la actualidad podría haber pronunciado estas mismas palabras. Mientras que, en 1993, la CEE se transforma en la Unión Europea, la extrema pobreza todavía sigue existiendo en todos sus Estados miembros. Existe una necesidad urgente de políticas que reduzcan la exclusión económica y social, sin embargo, hay algunos indicios de esperanza. La ley francesa aprobada recientemente, que condena la discriminación dirigida contra las personas que viven en situación de pobreza es un paso importante.

En una editorial de la Revista Cuarto Mundo de junio de 1987, Wresinski presenta su visión política de Europa y muestra su confianza en el poder de transformación que tienen los ideales y la juventud. Sus palabras tienen un fuerte impacto en la actualidad:

  • “Los jóvenes siguen sumándose a nuestra causa, no tanto en virtud del discurso de las generaciones precedentes, sino en virtud de lo que muestran a través de su vida, de su lucha, de su alegría vital y de su fidelidad. “— Joseph Wresinski

Durante el año 2017, ATD Cuarto Mundo celebrará sus 60 años de existencia y hará que se escuche la voz de quienes se sumaron al llamamiento a la unión formulado por Joseph Wresinski: personas de todas las edades, de todos los medios culturales y sociales, que pretenden vivir según sus ideal de justicia social.

Necesitamos de todos ustedes para poder cumplir las esperanzas y los sueños de las personas que viven en situación de pobreza tanto en la Unión Europea como en el mundo, para construir sociedades más justas y fraternas, libres de exclusión.

Descubran como pueden colaborar:
sumándose a una acción de ATD Cuarto Mundo
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descubriendo el voluntariado permanente
colaborando económicamente

El proyecto europeo que surgirá de la lucha contra la miseria

Por Joseph Wresinski

En todos los Estados miembros de la Comunidad Europea hay personas que no tienen ningún tipo de cualificación, desempleadas de larga duración. Habría que decir más bien, desempleadas de por vida. Muchas de estas personas son padres y madres, responsables de familia. Sus hijas e hijos son los que menos logran aprender en las escuelas y salen de ellas, en ocasiones, sin saber leer ni escribir. Los adolescentes tampoco encuentran un empleo.

Se perpetúa así, en toda la Comunidad Europea, la extrema pobreza que, sin embargo, teníamos la esperanza de ver desaparecer. Niñas y niños, jóvenes, personas adultas, familias que ven como cambia el mundo, que nos observan desde lo más recóndito de sus edificios, de sus calles y de barrios mal edificados y hacinados. Dependientes de nuestros sistemas de asistencia, que a lo sumo les ayudan a sobrevivir en la pobreza, observan de lejos, en silencio, las grandes mutaciones. No participan puesto que no integran los sindicatos ni tienen la posibilidad de participar a una vida asociativa mediante la que poder defender sus intereses. Son ciudadanas y ciudadanos libres, únicamente en la teoría, bajo la perspectiva de las constituciones, pero en los hechos, para ellos, no es más que palabras vacías.

Hemos terminado por darnos cuenta que su situación de extrema pobreza no surge con la crisis o las transformaciones de la vida económica. Hace treinta años, la Comunidad Europea había cosechado ya la herencia que iba a primar en el futuro.
Esta pobreza seguramente se ha visto agravada y ha aumentado su visibilidad desde que los Estados han tenido que reducir sus gastos y revisar sus prioridades. Las personas más pobres, las menos instruidas, las analfabetas, las que padecen peores condiciones de vivienda, no figuran entre las prioridades de ninguno de los Estados miembros.

Además, pagan el precio del esfuerzo de ahorro que intentamos realizar en nuestros sistemas de seguridad social cuyos recortes tienen un mayor impacto en los hogares con menores ingresos. Peor aún, han llevado a la mayoría de los Estados a excluir de estos sistemas de protección de la dignidad de los trabajadores a quienes aparecen desde hace demasiado tiempo como solicitantes de empleo. Estas personas se han visto relegadas, un poco en toda la Comunidad Europea, hacia esta Europa de la asistencia de la que no se evoluciona tan fácilmente hacia la Europa de la participación. De este modo se hace manifiesta la extrema pobreza y el aislamiento de las personas que viven situaciones de mayor pobreza, así como su confinamiento en una Europa de la inutilidad y de la vergüenza.

Estas personas estaban presentes desde el principio y desde un principio las personas en situación de mayor pobreza plantearon a la Comunidad Europea la pregunta central de los derechos humanos.
Puesto que la cuestión esencial no es tanto si hicimos bien en iniciar nuestra unión a partir de la vida económica. No es tanto saber si en un futuro el vínculo de unión de Europa será la defensa o inclusive su organización política. La pregunta esencial y es la que plantean las familias que viven en situación de extrema pobreza desde 1957 es:

¿En el plano económico, social o cultural, actuamos para lograr una Europa que sea, por igual, de toda la ciudadanía europea?. Independientemente de los ámbitos en los que Europa se unifique, ¿toda la ciudadanía europea contará con las mismas posibilidades a la hora de gozar de sus derechos y ejercer sus responsabilidades?
La llamada Europa económica, lo sabemos ya, no lo ha logrado. Iniciar la unión a través de la dimensión económica no tenía nada de deshonroso y, sin embargo, estas economías que se abrían unas a otras mantenían en común la miseria inscrita en sus estructuras mientras que, al armonizarlas, ningún esfuerzo serio se realizó para conocer y para erradicar este problema fundamental. Unificar las economías excluyendo a las personas en situación de mayor pobreza no podía sino provocar una realidad europea, esta también, que olvida los derechos humanos.

Puesto que podemos pensar que se trata de un olvido, de una ignorancia y asimismo una presunción, Europa no ha analizado, ha tenido la pretensión, con excesiva facilidad, que podía, mediante sus innegables éxitos económicos, vencer el mayor mal de todos los tiempos; la miseria. Sin duda además de la falta de reflexión ha habido una falta de voluntad, puesto que no podemos negar que [miles de años de historia] han hecho de nosotros pueblos que sin cesar se cuestionan sobre la justicia y la paz y nos han constituido como naciones activas, siempre movilizadas por el cambio, por el progreso y la modernidad. La justicia, la paz y los derechos inalienables forman parte de esta búsqueda incesante de modernidad inclusive cuando entran en contradicción con el progreso material y la eficacia tecnológica que nos gustaría imponer a la humanidad a fin de poder en todo momento aumentar el control sobre la incertidumbre que nos provoca inseguridad. Somos herederos de una serie de valores que nuestras revoluciones políticas y tecnológicas parecen no poder desterrar. La juventud de nuestra era también es heredera de estos valores, y es obvio que esta juventud, no acepta la fatalidad de los antiguos males. Rechaza la injusticia, la opresión, la miseria, de un modo casi intuitivo o en virtud de una serie de valores de los que conoce mal su naturaleza, contenido e historia. De hecho, es evidente que tiene muy poco conocimiento sobre el contenido exacto y sobre el carácter indivisible y la interdependencia de los derechos humanos.

Esta juventud no sabe mucho de los miles de años de pensamiento, experimentación y experiencia de lucha contra esta injusticia insoportable: hombres y mujeres desfigurados por su extrema miseria y a quienes se considera de una categoría inferior que los seres humanos. Siglo tras siglo esta es la trampa en la que hemos caído, pero también, de era en era, la ciudadanía europea ha rechazado de este modo el insulto proferido contra el ser humano. También la juventud es heredera de este rechazo.

¿Pensamos que los jóvenes darán continuidad a este proyecto europeo del que hablamos, del que mostramos los actos? ¿Pensamos compartir con ellos la historia que nos ha conducido hasta aquí, la responsabilidad de una herencia que se nos ha transmitido y lo que hemos hecho de ella? ¿Pensamos que tienen derecho a contar con una experiencia práctica que les será necesaria para manejar los asuntos europeos?

Es un derecho de esta juventud poder compartir esta verdad con ellos, pero sobre todo es un derecho de las personas que viven situaciones de mayor pobreza. Tienen derecho a poder contar con una juventud que no les abandona en esta Europa de la asistencia a la que nosotros les hemos exiliado. Tienen derecho a poder contar con una juventud que retomará de nosotros la buena voluntad, en lo que creemos pese a todo, lo que, de manera imperfecta y discontinua, hemos realizado en materia de derechos humanos. Pero también tienen derecho a poder contar con una juventud que corrija nuestros errores y supere nuestros límites, porque nosotros mismos les hemos advertido de ellos.

El Volutariado ATD Cuarto Mundo es uno de esos espacios donde se transfiere esta información, donde se vive una experiencia diaria y se construye un compromiso para un proyecto europeo que sitúe a las personas más pobres en primera línea. Este voluntariado, que nació al mismo tiempo que la Comunidad Europea fue, desde sus inicios, europeo. Las ciudadanas y ciudadanos que se comprometieron entonces nunca pensaron que la extrema pobreza era una cuestión nacional que resolver caso a caso, cada país por cuenta propia. Ciudadanas y ciudadanos franceses, alemanes, holandeses, belgas, ingleses… ante las ofensas cometidas contra sus compratiotas se reunieron naturalmente, porque la extrema pobreza era la negación del ser humano, de sus derechos y responsabilidades y, en consecuencia, la negación de una historia europea milenaria. Al aceptar esta negación el proyecto europeo carecía de credibilidad.

Este voluntariado prosigue su labor. Aquellas personas, entonces jóvenes, han construido su vida de adultos, de defensoras y defensores de los derechos humanos. Los jóvenes siguen sumándose a nuestra causa, no tanto en virtud del discurso de las generaciones precedentes, sino en virtud de lo que muestran a través de su vida, de su lucha, de su alegría vital y de su fidelidad.

Construir el proyecto europeo significa también apoyar por todos los medios necesarios este voluntariado, fruto de la historia europea.

Es nuestra lección que esta historia, a la que hemos contribuido, merece todos los esfuerzos y que, para mejorar en el futuro, las puertas permanecen abiertas.

Revista Cuarto Mundo nº124/1987

Foto © ATDCuartoMundo, Joseph Wresinski, con jóvenes durante la jornada de puertas abiertas, celebrada con motivo del 10. º aniversario de la creación del Centro de Juventud Cuarto Mundo Europa (Champeaux, Francia), el 6 de octubre de 1985